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Lluvia débil

26 de abril de 2021

La sociedad argentina debe abandonar su tolerancia al fracaso.

La estrategia oficial pasa por engrosar los planes de asistencia mientras que, por una vía paralela, se instrumentan políticas que sepultan las variables capaces de crear riqueza, desarrollo y empleo, para revertir la situación.

Si bien la esperanza es casi un deber, y no es posible concebir la vida sin ella, cabe preguntar cuán razonable es conservarla todavía en la Argentina.

La pregunta no es ociosa después de años de fracasos institucionales y económicos, que se acentúan mes tras mes con el rumbo que ha tomado el país.

Percibimos un alto grado de improvisación, desorientación e ineptitud gubernamental, lo que redunda en escepticismo y resignación por parte de los argentinos. Desde hace mucho, parecemos padecer una pulsión autodestructiva de la que no acertamos a salir y que nos deteriora progresivamente.

Tanto o más misteriosa que ese deterioro, en un país que potencialmente lo tiene todo, es nuestra tolerancia al deterioro.

Para mencionar solo el problema estructural más grave, el pico que ha vuelto a alcanzar la pobreza condena a una legión del 42% de argentinos. Este número, lamentablemente, podría no ser el techo, pues las cifras no parecen conmover a quienes tienen responsabilidades de liderazgo.

De hecho, la estrategia oficial pasa por engrosar los planes de asistencia mientras que, por una vía paralela, se instrumentan políticas que sepultan las variables capaces de crear riqueza, desarrollo y empleo, para revertir la situación.

¿Cómo podríamos, entonces, despertar una esperanza para el país? ¿Dónde encontrar la ignición y la motivación para un cambio que nos devuelva la expectativa de alcanzar un bien común? Por de pronto, las situaciones extremas confirman haber perdido potencia para funcionar como motor de un cambio de destino a falta de un proyecto de país. Así ocurrió con el advenimiento de la democracia y con la crisis de 2001.

Pero esta dinámica parece no funcionar más. Los excesos ya no disparan una reacción y el sufrimiento como comunidad ya no conduce al efecto secundario de reversión. En algún sentido, esto sería saludable porque si el sufrimiento fuera percibido como motor primario del cambio, podría ser buscado sin tener conciencia de ello, simplemente para alejarse de lo que daña y no por convicción.

No otra cosa supone la noción de libertad negativa y positiva, dimensiones de la libertad abordadas por Erich Fromm en El miedo a la libertad. Una cosa es liberarse de algo, romper cadenas, independizarse, y otra cosa es liberarse para algo, es decir, liberarse en una dirección, con un sentido y con una finalidad. Con nuestro estilo reactivo, nos hemos venido “liberando de” en forma permanente, y no hemos logrado incorporar este segundo grado de libertad que es la “libertad para”, la noción de construir un porvenir. Saber lo que no se quiere no es lo mismo que saber lo que se quiere.

La esperanza podrá emerger el día que dejemos definitivamente de lado tanto la tolerancia al fracaso como las pasiones reactivas, para dar lugar a un tipo de esperanza activa basada en un principio de acción, detrás de un proyecto dialogado y consensuado de país que hoy es inexistente.

Nuestro combustible debiera ser tender hacia algún sitio, más que procurar destruir nuestro presente. La superación de la dolorosa situación actual debería surgir del afán por crear un futuro diferente.

Probablemente, en consonancia, debamos dejar de lado la idea de que para salvar al país es menester destruir a la contraparte política.

El escenario presente requiere entonces de una nueva narrativa, de un pacto aspiracional que nos aglutina de cara al futuro. No hemos de perder de vista que cuando las narrativas pierden su principio de acción y operan de manera solitaria se convierten en relato, volviéndose una coartada y una anestesia de la conciencia para no advertir la realidad y ser víctimas de la parálisis, como en la fábula de la rana que muere en la olla de agua hirviendo.

Para llevar adelante un proyecto de progreso colectivo necesitamos primero recuperar la noción de futuro. Estamos viviendo en un país cuyo largo plazo no pasa de una semana, y esa falta de horizonte estratégico es poco propicia para proyectar un mejor mañana. No se puede seguir postergando la puesta en marcha de políticas públicas consensuadas que se mantengan en el tiempo. Necesitamos activar hoy la fábrica del futuro, nacida de un diálogo entre sectores y generaciones que nos convoque. Atento a los desafíos internos de la Argentina y a aquellos que plantea el contexto mundial, debemos alinearnos para alcanzar una auténtica transformación.

Decía el filósofo Richard Rorty: “Hay que describir al país tal como esperamos apasionadamente que llegará a ser algún día y tal como sabemos que debería ser ahora. Hay que ser leales a un país soñado más que al país en que nos despertamos cada mañana. A menos que se dé esa lealtad, el ideal no tiene posibilidades de materializarse”. Este sueño no es una nebulosa imaginaria o una ensoñación voluntarista. Tampoco una esperanza infundada –aquella que desea que ocurra lo mejor mientras actúa para que ocurra lo peor–, tan dañina como la falta de esperanza. Se trata de construir un puente concreto hacia lo que deseamos, repensando con convicción lo deseado, más allá de la mera retórica que tan cansados nos tiene y construyendo simbólicamente un artefacto que materialice políticas de Estado capaces de trascender las gestiones de gobierno.

Ya no será entonces la esperanza vacua la que nos llevará hacia adelante. Será el acto de avanzar hacia adelante lo que nos permitirá desarrollar nuevamente una esperanza. Por años, nuestra esperanza se asentaba en lo recibido, en la riqueza con la que la Argentina podía contar. Desgraciadamente, eso nos convirtió en algo así como rentistas del presente, más que en trabajadores del futuro. Agotadas las rentas, agotado el capital, sólo queda la posibilidad de construir laboriosamente el porvenir.

Si lográramos revertir la dirección de esta espiral descendente, de este círculo vicioso, la velocidad de despegue podría ser tan sorprendente como nuestro deterioro actual. Porque, paradójicamente, el combustible del desarrollo de la Argentina en los próximos años radica en su falta total de expectativas, que puede operar como un poderoso resorte emocional, apenas logremos encender una luz en el camino. Hoy tenemos una responsabilidad colectiva que es la de evitar los oscuros meandros en los que convenientemente pretenden sumergirnos desde el poder político.

Tomar las riendas de nuestro destino como sociedad supone alentar el nacimiento de liderazgos positivos que promuevan los consensos y renueven para las próximas generaciones una activa esperanza colectiva.

LA NACIÓN

 

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