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31 de octubre de 2019
La elección acentuó los colores de la división
¿De dónde saldrán los recursos para asistir a los que necesitan la asistencia oficial? Menem, echó mano de "las joyas de la abuela". Kirchner tuvo la soja. Y Macri, el endeudamiento, gracias al aislamiento financiero kirchnerista. ¿Con qué cuenta Fernández? Es un interrogante urgente. Sobre todo para los acreedores privados, si es que alguien detecta que la única fuente disponible de dinero es un default completo de la deuda. Es la gran incógnita: si la presión del propio voto no obligará a Alberto Fernández, contra su propia proyección, a ser Cristina Kirchner.

La unidad de los argentinos era uno de los tres objetivos que se fijó Mauricio Macri al llegar a la Casa Rosada. Ahora, Alberto Fernández lo imita.

El domingo, en su primer discurso como presidente electo, prometió incluir a todos. La propuesta despierta una adhesión inmediata entre quienes suponen que, como quiere Jorge Bergoglio, el todo es superior a la suma de las partes.

Pero cuando se examina la conformación sociopolítica que hoy ofrece el país, comienza a advertirse que la construcción de ese consenso, aun si fuera deseable, presenta una complejidad extraordinaria. La fractura que exhibe desde hace años la Argentina no ha sido una imposición de las elites. No es un resultado del marketing político.

En consecuencia, pretender que se superará por un acto de la voluntad de la dirigencia es una ilusión. Los comicios pusieron en evidencia que la polarización se ha profundizado. Esa tendencia constituye un reto para Cristina Kirchner y Alberto Fernández. En especial para su estrategia económica.

Porque la fórmula que ellos han compuesto se sostiene en el prejuicio de que esa herida se puede suturar con facilidad. El mapa electoral exhibe algo más que el contraste entre dos colores. La novedad es que el azul esta vez es más azul. Y el amarillo, más amarillo.

Ejemplos. En el conurbano y, en especial, en La Matanza, la distancia de 2015 se agiganta a favor del PJ. Es un fenómeno simétrico al que se verificó en Córdoba, a favor de Juntos por el Cambio. El acento de la dicotomía fue un rasgo general de la elección. Este alineamiento territorial cobija un significado especial para Fernández.

La clave de su poder radica, sobre todo, en el conurbano bonaerense. De los dos millones de votos con los que superó a Macri, un millón seiscientos mil provinieron del Gran Buenos Aires.

Quiere decir que la plataforma social sobre la que se está asentando Fernández es el reino de Cristina Kirchner. Desde que fue designado candidato a presidente, Fernández se ha empeñado en licuar esa dependencia de su vice en un universo más extenso.

Su cartera de activos, que aquel 18 de mayo estaba constituida en un 100% por el dedo de la señora de Kirchner, fue incluyendo desde entonces a gobernadores, legisladores y sindicalistas de un PJ ajeno al kirchnerismo. En ese PJ se fue a refugiar el presidente electo anteayer, en Tucumán, después de aparecer el domingo, en la liturgia del triunfo, como el invitado a una fiesta ajena. Tucumán, qué es la sede de uno de los regímenes de rasgos más mafiosos del país, se propone como la sede central del albertismo.

Allí estuvieron, durante la reasunción del controvertido Juan Manzur, los gobernadores a los que, 48 horas antes, les habían prohibido subir al escenario del búnker kirchnerista. Ese peronismo federal se ha embarcado por segunda vez en la misma aventura: emanciparse, a través de un candidato bendecido por Cristina Kirchner, del opresivo liderazgo de Cristina Kirchner.

El testimonio viviente de ese fallido antecedente estuvo en la entronización de Manzur: es Daniel Scioli. Distraído, hizo declaraciones celebrando estar en la provincia de San Juan. Se justifica. Scioli anda en estos días como ausente, buscando dentro de sí mismo la razón por la que Fernández le ganó, con cero votos, el cargo para el que él creía estar predestinado.

Tal vez resuelva el acertijo antes que Sergio Massa, otra alma en busca de consuelo. Aspirante a primus inter pares La Tucumán de Manzur era, este martes, una fiesta. El gobernador se sueña como el primus inter pares que ofrecerá al presidente un esquema de poder que lo dote de cierta autonomía respecto de quien lo designó.

Este aparato incluye a muchos gobernadores. Menos Axel Kicillof, nada menos que el de Buenos Aires. Manzur suele comentar que la representante de su grupo en esa provincia es Verónica Magario. La intendenta de La Matanza ahora convertida en vicegobernadora.

Se explica esa amistad. Manzur estuvo a cargo del área de Salud en ese municipio durante la intendencia del llorado Alberto Balestrini. En un juego de simetrías, Manzur suele explicar que Magario será a Kicillof, en nombre del PJ federal, lo que la señora de Kirchner es a Fernández.

Más que una aliada, una auditora. Manzur soñó ser jefe de Gabinete de Fernández. Pero el presidente electo lo descartó en una conferencia de prensa. Por eso ahora el gobernador promete manejar el área de Salud. A veces se le escapa decir "el negocio de Salud". Es distraído. Como Scioli. Para esa misión confiaría en Pablo Yedlin. Antiguo compañero de facultad, Yedlin es discípulo, como él, de Ginés González García. Y fue ministro de Salud de Tucumán con José Alperovich.

Para conquistar el trofeo, Yedlin deberá remontar un escándalo tucumano: aquellos 800.000 pesos pagados a una fundación por un curso de odontología que nunca se dictó y por los cuales fue multado con una suma equivalente a cinco sueldos. La profecía de Manzur sobre su gravitación en el gobierno de Fernández genera muchas expectativas. No solo en Hugo Sigman, el principal caudillo de la industria farmacéutica local. También en el sindicalismo. Los dirigentes gremiales que viajaron anteayer a Tucumán estaban festejando la asunción de quien promete manejar, a través de un subordinado, los fondos de las obras sociales. En el centro de ese núcleo está Héctor Daer, aspirante a la secretaría general de la CGT.

Daer, empleado de la industria farmacéutica, es el titular del Sindicato de Sanidad. Mantiene con Manzur el vínculo que su viejo padrino, Carlos West Ocampo, tejió con el padrino del gobernador, González García. Los chicos crecen. Los locales de las farmacias Del Pueblo estaban iluminados a giorno anteayer, en Tucumán, haciendo juego con la alegría del sector. Pero no está claro que Fernández satisfaga esos pedidos. Es cierto que él tiene viejos compromisos con el mundo sanitario, desde que controlaba el Pami, a través de Graciela Ocaña, y la Superintendencia, a través de Héctor Capaccioli.

El abnegado Capaccioli, que absorbió con un procesamiento las irregularidades de la campaña electoral de 2007, en la que Cristina Kirchner fue financiada con los fondos de los traficantes de efedrina. Alberto Fernández, en cambio, no fue siquiera denunciado, a pesar de que era jefe de esa campaña. Es la razón por la cual el juez Ariel Lijo se ufana de ser el mejor amigo de Fernández en Comodoro Py. Una imprudencia. Empresarios y sindicalistas dialogaron en Tucumán durante una secuencia de ceremonias que, como corresponde al peronismo, iban aumentando su elitismo. Primero la ceremonia general. Después, un cóctel en el Hotel Sheraton, de Gustavo Cinosi, antiguo anfitrión de todas las horas del nuevo presidente.

Al final, una comida en la residencia de Manzur, a la sombra de la desconcertante estatua de San Marón, un anacoreta del siglo V venerado por su austeridad, castidad y abnegación para el trabajo. Las aspiraciones ocultas del dueño de casa. El ascenso de Daer en la CGT explica la ausencia tucumana de los Moyano. Se detestan. Aunque en Camioneros explican que la verdadera disidencia de Hugo Moyano tiene que ver con José Luis Lingeri, a quien muchos sindicalistas atribuyen haber sido informante de Silvia Majdalani, su íntima amiga, para las investigaciones de la AFI.

Hay que prestar atención a la reticencia de Moyano. Él exige el área de Transporte. Hoy se hablará de esa pretensión en una reunión de los gremios de esa actividad. La división sindical puede corroer un proyecto estratégico de Fernández: el acuerdo económico-social en el que trabajan, sigilosos, Gerardo Martínez y Daniel Funes de Rioja, de la UIA. Las dificultades de ese pacto tuvieron, en Tucumán, otro síntoma: la ausencia de Miguel Acevedo, el presidente de los industriales. A pesar de que no estaba, Manzur lo hizo anunciar por el locutor en todas las presentaciones. La proverbial sabiduría libanesa.

Gabinete en formación Un detalle para Moyano y para Yedlin: el nuevo presidente se está mostrando muy celoso de su gabinete. El probable ministro de Trabajo, Pablo Moroni, no estaba en los planes de los gremialistas. Es un íntimo amigo de Fernández que, dicho sea de paso, fue víctima de algunos extraños requerimientos de Alfredo Lijo, el hermano del otro amigo íntimo. Otra imprudencia. El elenco de negociadores que destaca frente al Gobierno es otro indicio del criterio para el armado del equipo: Vilma Ibarra, Santiago Cafiero, Gustavo Beliz y Eduardo de Pedro. Dirigentes intachables y, en el caso de Ibarra y Beliz, distanciados de la expresidenta. Como, durante una década, el propio Fernández. Las tensiones con Cristina Kirchner son indisimulables.

A pesar de los esfuerzos de peronistas que, como Eduardo Valdés, proponen la subsunción de todos los nucleamientos en un mismo oficialismo. Entre ellos, de La Cámpora. Sin embargo, el festejo de Tucumán fue una réplica del de Chacarita. Manzur suele presentar a Fernández como el nuevo jefe del PJ. Chau Cristina. Esta disputa por el liderazgo promete escaramuzas en el Senado. Por ejemplo: Humberto Schiavoni, de Pro, y el peronista Juan Carlos Romero planean constituir una representación formal para negociar con la nueva vicepresidenta, en las personas de Oscar Parrilli y Marcelo Fuentes, el nuevo funcionamiento del Senado.

Anoche esta propuesta era analizada en una comida con radicales, presidida por Enrique Nosiglia. ¿Qué papel ocuparán los senadores que representan a los gobernadores en este acuerdo? La nueva oposición pretende ir más allá: Federico Storani, aliado de Nosiglia, sugirió a algunos allegados peronistas la posibilidad de pactar una agenda parlamentaria para la transición. ¿Se negociará con Fernández o con Cristina Kirchner? Sería un error agotar la contradicción del presidente electo con su vice en un mero duelo por la jefatura. Ellos representan universos distintos. Fernández le habla al mundo productivo. A los empresarios y sindicalistas de la economía tradicional.

La señora de Kirchner expresa a los excluidos y a los ajustados del sistema. A los trabajadores del Estado y a la economía de los desocupados e informales, que es la que más se ha expandido desde la recesión en que desembocó la convertibilidad. Son dos bloques en pugna que se manifiestan en la profundización del azul y el amarillo. Los primeros pretenden, en el mejor de los casos, menos Estado, aún cuando muchísimos empresarios que abrazan a Fernández se enriquecen con exenciones y subsidios. Los segundos piden más Estado. Un campo de esta batalla: la CGT reclama una rebaja en el impuesto a las ganancias que sumergiría todavía más a los que reciben la asignación universal. Este contrapunto se iluminó el domingo con una información crucial. Los votos del Frente de Todos provinieron, en su gran mayoría, del planeta de Cristina Kirchner. Para el futuro presidente esa procedencia modelará, quizás, el enfoque macroeconómico del próximo gobierno.

¿De dónde saldrán los recursos para asistir a los que necesitan la asistencia oficial? La tormenta económica con que Fernández recibirá el poder tiene un rasgo peculiar. Menem, cuando llegó, echó mano de "las joyas de la abuela". Kirchner tuvo la soja. Y Macri, el endeudamiento, gracias al aislamiento financiero kirchnerista. ¿Con qué cuenta Fernández? Es un interrogante urgente. Sobre todo para los acreedores privados, si es que alguien detecta que la única fuente disponible de dinero es un default completo de la deuda. Es la gran incógnita: si la presión del propio voto no obligará a Alberto Fernández, contra su propia proyección, a ser Cristina Kirchner

(La Nación).



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