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6 de enero de 2018
La mafia todavía no se va.
La pulseada entre las dos Argentinas. El cinismo explica buena parte de los pesares argentinos.

Hay dos países: la Argentina efímera en la que todo cambia y nada permanece, ese país oscuro donde reinan señores feudales, gremialistas disparatados, narcos, zorros de todo pelaje y ladrones con y sin guantes. En las antípodas puja por sostenerse en pie la Argentina racional, la de los que trabajan arduamente, los que estudian, los solidarios, los que piensan y ponderan a la honestidad y no a la deshonestidad.

Hay una pulseada entre ese país urgente y cruel en el que todos vivimos en vilo a merced de unos cuantos sátrapas y otro país, el del esfuerzo, el del talento, el del futuro.

Es curioso sin embargo el éxito de diversos déspotas y corruptos que han sabido disfrutar del favor público.

El abuso de poder ha sido notable y tangible y ancla en el arcaico y tan vigente arte de la simulación.

El cinismo explica buena parte de los pesares argentinos. Esa desvergüenza con carnet para decir una cosa y hacer otra se ha acumulado como una plaga mayor e implacable. El cinismo es paralelo en un sentido a la inflación. La cultura política de la desfachatez devalúa el valor del dinero de todos en favor de la acumulación del capital de los cínicos que lo toman sin permiso y a cuatros manos.

El cinismo late en una dimensión no económica que determina sin embargo distorsiones económicas y políticas muy profundas.

Desde el cinismo se rompe el contrato social.

Como se sabe, detuvieron el jueves en una dispendiosa chacra cerca de Piriápolis al disparatado Marcelo Balcedo, el jefe del SOEME, el Sindicato de Obreros y Empleados de Minoridad y Educación, que agrupa al personal auxiliar de los institutos educativos Acusado de lavado de dinero, se indagan también presuntos vínculos con la estremecedora banda de los Monos.Narcopolítica sindical.

Balcedo propiciaba, alentaba y protagonizaba un paro tras otro, últimamente con notable altisonancia. Además de gremialista o pseudo gremialista, Balcedo, es el dueño del diario Hoy de La Plata y de otros medios en esa ciudad, desde donde pregonaba sus declamados credos en favor de la justicia social y sus bravatas contra dirigentes o empresarios a los que apuntaba para extorsionarlos. Como se sabe en la chacra que ocupaba en la Banda Oriental encontraron más de 417 mil dólares en efectivo, euros, francos Suizos y billetes varios y exóticos, armas diversas y letales, municiones al por mayor y una parafernalia de automóviles de altísimo valor. También tenía aviones privados, otras apabullantes propiedades y ningún descaro. Su mujer Paola Fiege, también detenida, tiene incrustaciones de diamantes en los dientes.

Relampagueos fatuos en la boca y enemigos de toda estética.

Hay una patología consistente en robar y mostrar. El exhibicionismo de los corruptos cava al fin su propio abismo.

Su caso es análogo a tantos otros. La lujuria, la avaricia, la soberbia y el cinismo se entrelazaron otra vez para concretar un fenómeno repetido: simular defender a los desheredados al tiempo que nos vacían los bolsillos a todos.

Hay que indagar y pensar en la vasta historia de la corrupción sindical en la Argentina. En éstos momentos se aúnan en la escena pública los últimos tres mosqueteros del abigarrado cinismo gremial: El Caballo Suárez, El Pata Medina y Balcedo. Tres horrores de impunidad, matonismo y poder recién ahora diluido pero potente durante demasiado tiempo. Todos ellos podrían ostentar el sobrenombre de un gran personaje literario arquetípico de un mundo violento, infernal y siniestramente argentino ideado por Jorge Fernández Díaz: “Remil”; le decían así por ser un verdadero “Hijo de remil putas”, se narra en El Puñal. Remil en la ficción es un agente de inteligencia. En la realidad Remil tiene mil caras conocidas y operativas en los más diversos espacios de las mafias, la sindical entre ellas.

Esa maldad, esa perversión de la naturaleza gremial, esa barbaridad con nombres, sobrenombres y apellidos, se instituyó desde un modelo corporativo que liberaba a los “representantes” del movimiento obrero de cualquier auditoría seria. Muchos se emboscaron y aún se emboscan detrás del rostro embalsamado de Juan Perón para perpetrar luego cualquier dislate y seguir cantando “Combatiendo al Capital!”. La defunción previsible de la CGT tradicional augura un nuevo escenario tal vez clasista y muy beligerante.

No deja de ser una ironía cruel que Balcedo haya sido el jefe del sindicato de los trabajadores vinculados a la educación ahogados en el espacio más bajo de la pirámide salarial. El estafador estafó primero y directamente a los necesitados. ¿Cuántas presiones gremiales se realizaron y realizan en favor de los dirigentes y en contra de la gente?

Es una tarea desagradable pero a la vez interesante a los efectos de comprender al personaje, la revisión de algunos videos en los que Balcedo se dirige a los suyos con voz aguda, consignas vacías pero reiteradas, bombos al por mayor alusiones a la indigencia de “mis compañeros” y proclamas gritadas en favor de la unidad de los trabajadores. Se parece a la actuación de tantos otros jefes sindicales análogos, en circunstancias análogas: tribuneros millonarios, agresivos y encubridores de sí mismos detrás de las puestas en escena de peronismo instrumental.

La transición de la acción gremial a la extorsión y a la amenaza derivó en el caso de Balcedo en una práctica regular y muy redituable para sus propios bolsillos. Desdichadamente el de Balcedo no es un caso excepcional. Un sujeto así brota como un brote psicótico porque hay un sistema cerril que lo posibilita. La red de amparos, complicidades en la justicia, sobornos múltiples y retornos inusitados.

El sistema es conocido y obstinado en su permanencia: la mafia todavía no se va.

Miguel Wiñazki para Clarin.

Imagen: http://www.iprofesional.com

 


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