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4 de enero de 2018
La vaca atada y otras sandeces criollas.
Dejamos de ser "la joya más brillante de la corona británica" para convertirnos en defaulteadores seriales.

Ya no necesitamos dos cosechas sino una docena para corregir nuestro gravoso déficit fiscal

La expresión de tener la vaca atada (como sinónimo de fortuna inagotable) tiene su origen en los tiempos en que nuestra burguesía se trasladaba a Europa en amplios transatlánticos que les permitía llevar vacas para proveerlos de leche fresca durante la travesía. Las largas permanencias en el exterior de estos grupos acomodados, no solo se debía al buen precio de los commodities (entonces carne y trigo) sino a que vivir en las grandes capitales europeas -especialmente París- les resultaba muy barato, de allí la otra poco feliz expresión de tirar manteca al techo, actividad escasamente edificante de nuestros jóvenes petiteros (porque en Buenos Aires se reunían en el Petit Café) que se divertían arrojando la grasa butilométrica, catapultada por cucharas o cuchillos impregnando así los cielorrasos, los techos de los cabarets parisinos.

Estas épocas doradas llegaron a su fin con el crack del "29 que implicó una forzosa baja del precio de los comoditties. Con el caballo cansado volvieron a estas orillas donde se encontraron que la pampas ubérrimas no lo eran tanto, que había que pagar impuesto a los réditos por único año (en 1932) y que la parición de sus vacas, ahora tenía competencia en el mundo.

Para no dejar de ser "la joya más brillante de la corona británica" era menester hacer algún pacto con los británicos con la manifiesta intención que éstos continuasen comprando nuestra carne y no la australiana o la neozelandesa.

REALISMO MAGICO

Esos buenos tiempos se habían ido, pero no por eso los dejaron de añorar. Nuestra tendencia al realismo mágico nos hacía creer que esos tiempos iban a volver porque carne y pan todos necesitan, ¿no?, más cuando los europeos se estaban matando en la guerra más espantosa que se recuerde.

La plata volvió a fluir, en los 40 pero ya era peligroso volver a París y ese año que iba a durar el impuesto a los réditos hacía 10 que se extendía (más otros impuestos que la frondosa imaginación de nuestros dirigentes se empeñan en inventar).

Terminada la contienda mundial no solo el general Perón, sino muchos argentinos pensaron que el mundo no tardaría en trenzarse en otro conflicto y volveríamos a vender nuestro trigo y nuestros bifes a buen precio. Hasta que retornasen los tiempos de bonanza que nos permitiría llenar de oro los pasillos del Banco Central, era menester dedicarse a gastar esa plata a cambio de votos. Todo tiene un precio en la vida, hasta los votos. En el interin era menester endeudarse, como habían hecho nuestros distinguidos petiteros en París esperando la próxima parición o cosecha que los solucionaría las estrecheces circunstanciales.Y si no alcanzaba la producción, se vendían unas hectáreas y ¡chau!

Desde entonces vivimos con la estrafalaria idea que la próxima cosecha nos va a salvar, que somos un país rico, que Dios es argentino y una serie de sandeces que nos hicieron pensar que la fiesta será eterna y el baile seguiria al compás del tamboril.

EL YUYO

Con el advenimiento de la soja se creyó que podíamos volver a París (bueno, las nuevas generaciones les gusta ir a Disney, que coincide con nuestra inclinación al realismo mágico); pero, la realidad es más cruel que hace un siglo atrás, porque entonces los abuelos no debían pagar ese bendito impuesto que solo iba a durar un año (y sin pagar impuestos todos somos Gardel en los negocios).

Este sobrante de efectivo, a principio de siglo, había ocasionado un spillover que permitió el desarrollo de una clase media y cierta ostentación de esa riqueza distribuida en palacetes, petit hoteles, museos y teatros que hoy adornan Buenos Aires con la sana intención de convertirla en el París de Sudamérica (al menos ellos invirtieron en el país. Después esa ilusión se esfumo).

Con la soja aparecieron las retenciones y fue "el gobierno kirchnerista el que se dedicó a tirar manteca al techo, pensando que el yuyo a 600 dólares la tonelada era eterno y con eso podrían comprar los votos necesarios por la eternidad, más algún que otro billete que se les pegaba entre los dedos.

Como decíamos, la vida es cruel. La fiesta se acabó, debimos volver de Disneylandia a encerrarnos en un placard en un vuelo Non Stop para descubrir que debemos arrastrar los tamangos "en busca del mango que nos haga morfar".

Ahora somos pobres, pero nos resistimos a ser nosotros quienes debemos pagar las minas y el champagne que tan vehementemente gastamos, a punto tal de violentarnos cuando nos sugieren que algo, alguito debemos garpar.

MESIANICOS

Siguiendo una costumbre casi folklórica le tiramos el fardo al que sigue hasta que alguien venga a poner las cosa en orden cuando tengamos la soga al cuello, como lo hizo Avellaneda, Pellegrini, Pinedo, Frondizi, Cavallo, Lavagna, etc etc. para después seguir el baile. Somos mesiánicos.

La vaca está muerta y no va a resucitar, la manteca cae del techo, derretida, el crisol de razas se opacó y las pampas ubérrimas se han agotado por el monocultivo. Dejamos de ser la joya más brillante de la corona para ser defaulteadores seriales, ya no necesitamos dos cosechas sino una docena para corregir nuestro déficit, dejamos de ser un país sin analfabetos para que coexista la mayor proporción per cápita en el mundo de m"hijo el dotor(médicos, abogados y psicólogos), con un 50% de jóvenes que no terminaron el secundario.

Ya nadie se cree Gardel ni Lepera, ni siquiera los guitarreros, a Leguizamo se le cansó el caballo y extravió la fusta en el entrevero, perdimos por veinte cabezas y aunque tengamos Papa y reyes argentinos, nos cabe la duda de que Dios se ponga la albiceleste.

Fuente: La prensa

 


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