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20 de diciembre de 2017
Cristóbal López; manotazos de ahogado.
Final anticipado para una sucesión de errores de cálculo. Hugo Alconada Mon para La Nacion.

Ya sobre el final, Cristóbal López exhibía una sola obsesión: no terminar en prisión. Por eso se desprendió de su tajada en Casino Club -o al menos eso dijo-, trató de abrir el concurso de acreedores de su imperio en su pago chico, Comodoro Rivadavia, y cedió in extremis el Grupo Indalo al financista Ignacio Rosner. Todo con tal de no sumarse al pelotón de kirchneristas con casco, chaleco antibalas y esposas. Fue su último error de cálculo.

Oriundo de la Patagonia, donde cimentó una pequeña fortuna que lo había posicionado como un empresario mediano, López jugó fuerte con otro patagónico intrépido y de ascenso fulgurante: Néstor Kirchner.

"Yo no soy el «palo blanco» de Kirchner", replicó López a LA NACIÓN en más de una ocasión, aunque sólo una vez llegó más lejos. "Pero me beneficio de esa creencia", añadió, para luego explicarse. "Yo entro a una reunión y al tipo que tengo enfrente le digo: «¡Qué lindo traje! Dámelo». Y como el tipo no sabe si quien se lo pide soy yo o Kirchner, mínimo de esa reunión me voy con el cinturón".

Así fue, durante más de una década. Una década en la que se convirtió en "el zar del juego", por un lado, con la expansión de Casino Club -y el negocio de las tragamonedas-, y en el factótum del Grupo Indalo, un gigante con más 170 empresas que en realidad ocultaba sus pies de barro: el emporio se apalancó con los impuestos que dejó de pagarle a la Administración Federal de Ingresos Públicos (AFIP), según reveló LA NACION tras una investigación de cuatro años.

El segundo error de cálculo de López y su socio todoterreno en Indalo, Fabián de Sousa, fue pronosticar que ese statu quo que lo benefició, potenció y protegió duraría para siempre. O, como mínimo, durante cuatro años más.

Eso explica que el viernes previo a las primarias de agosto de 2015 López aprovechara una reunión de directorio para brindar con champagne por la victoria de Daniel Scioli. No sólo eso. El patagónico afirmó que el candidato por el Frente para la Victoria (FPV) le daría las soluciones que necesitaba para la montaña fiscal que ya adeudaba "y un negocio nuevo más por día".

El tercer error de cálculo de López fue reincidir en esa ilusión en la primera vuelta de octubre de 2015. Y repetir el brindis con champagne por el entonces gobernador en la última reunión de directorio previa al domingo electoral. Acaso eso explique por qué De Sousa ordenó anunciar por C5N que "ganó Scioli por amplia diferencia" sin siquiera esperar que fueran las 18. Lo anunciaron a las 17.58 con graphs, locutor y trompetas, para luego afirmar que "Daniel Scioli es el nuevo presidente de los argentinos".

¿Su cuarto error de cálculo? Creer que podría pactar con el candidato que hasta entonces había ninguneado y, peor aún, destratado. Pero por algo a Mauricio Macri le dicen "el calabrés", incluso sus colaboradores, cuando él no puede escucharlos.

Para colmo, en la AFIP ya no estaba Ricardo Echegaray -quien se ilusionó con que Macri lo dejaría continuar al mando-, sino Alberto Abad y toda la línea técnica que había sido enviada al exilio durante el kirchnerismo por investigar a Lázaro Báez: Horacio Castagnola, Jaime Mecikovsky, Norman Williams y Carlos Bo.

No sólo eso. Abad decidió jugar fuerte y utilizar a López como "caso testigo" para enviarles un mensaje a los grandes contribuyentes. Y contrató a Ricardo Gil Lavedra para comandar la ofensiva judicial contra López y De Sousa. Un claro contraste con la complicidad de la que disfrutaron mientras acumulaban un rojo fiscal de $ 8000 millones.

¿Cómo fue esa operatoria? La petrolera de López y De Sousa, Oil Combustibles, se quedó con el impuesto a la transferencia de los combustibles (ITC) que le retuvo a cada automovilista y camionero que cargó en sus estaciones de servicio. Y en vez de girarle ese dinero a la AFIP, como le imponía la ley, lo derivó a su Inversora M&S, que a su vez comenzó a comprar empresas y activos para el Grupo Indalo. Todo eso mientras su petrolera se acogía a múltiples planes de pago de la AFIP, que toleró ese abuso y mantuvo a Oil bajo la órbita -y los controles más laxos- de una agencia del barrio de Palermo en vez de enviarla a Grandes Contribuyentes Nacionales -y sus controles más estrictos-, como las otras petroleras.

Pero toda esa maniobra, a su vez, ocurrió en un período singular. Fue al mismo tiempo que López le alquiló al menos dos departamentos, una oficina y cinco cocheras a la entonces familia presidencial Kirchner a cambio de abonarle varios millones de pesos, según reveló LA NACION. Y le giró fondos desde un hotel en Bariloche, El Retorno, al Alto Calafate, el principal hotel de los Kirchner en Santa Cruz.

Ya con Macri y Abad en el poder, llegó el quinto error de cálculo de López: creyó que debía buscar una salida acorde con cómo había ascendido hasta entonces a las grandes ligas empresarias: de la mano de la política. Por eso primero sondeó a Orlando Terranova y luego a Ignacio Rosner.

López pensó que cederle su imperio a Terranova, quien había jugado para Pro en Mendoza y tenía cierta llegada a Macri, podía servirle para sellar una tregua con quienes habían ingresado a la Casa Rosada. Y como la opción "Orly" no prosperó, no corrigió el rumbo, lo redobló. Apostó a Rosner, un egresado del colegio Newman -como Macri- que estudió Ingeniería en la Universidad Católica Argentina (UCA) -como Macri-, que incluso trabajó para el Grupo Macri y, de yapa, también para el Grupo Clarín.

Así, tras cometer un error de cálculo tras otro, López terminó contra las cuerdas y dispuesto a cederlo todo. Solo, de jogging, remera negra y despeinado, le entregó las llaves de su imperio a Rosner con tal de que se encargara de buscarle una salida financiera al Grupo Indalo y, acaso, una solución a sus problemas penales.

Pero la opción Rosner tampoco prosperó. No porque amigos de Macri no quisieran . De hecho, uno de ellos se ilusionó con quedarse con CPC, la constructora de López. Pero chocaron con el sentido común de uno de los más estrechos colaboradores del Presidente, que avizoraba el escándalo que desataría un "capitalismo de amigos" en versión amarilla.

Por eso, ya sobre el final, y mientras los investigadores sospechan que desaparecieron ciertos activos del Grupo Indalo -un par de campos y un avión, entre otros-, la premisa de López se tornó mucho más dramática: no quería pasar las Fiestas tras las rejas. Ese cálculo también le salió mal.

 



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